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Ismael González Rodríguez - Los hijos del Caos - 3º Premio

Vincent Valantine descansaba en la oscuridad de su ataúd. En las catacumbas de las ruinas, de lo que un día fue la gran mansión Shin-Ra, en la antaño ciudad de Nibelheim. Hoy, un amasijo de roca y hierro perdido en la mitad de la nada, aunque Vincent era ajeno a ello. El ente del Caos y la protomateria, dormidos por centurias junto a su dueño. Sueños y pesadillas recordándole su pasado, su lejano y casi olvidado pasado. Porque la bestia del Caos también sueña y teme.

Vincent abrió sus ojos anaranjados y brillantes. Llevaban tanto tiempo cerrados que le costo acostumbrarse a la cerrada negrura de su habitáculo. Algo palpitaba dentro de el. Una especie de llamada interna avisándole del peligro, o tal vez el ente del Caos volviendo a despertar en su cuerpo.
Por un momento creyó escuchar voces del pasado. Pudo distinguir la voz de Lucrecia, por imposible que pareciera. La voz de su padre, Grimoire…incluso la voz del hombre que una vez le mató, Hojo.

Haciendo un esfuerzo para mover sus músculos inactivos, logro abrir la tapa de su ataúd. Aquellas voces eran reales, pero no pertenecían a sus recuerdos. Alguien se abría paso hasta la cripta donde permanecía Vincent.
Como buen guerrero, Vincent, busco el baúl donde descansaban sus pertenencias. Su capa carmesí, en el interior, protegía a buen recaudo del polvo y el tiempo sus armas. Los desconocidos seres estaban cerca y el instinto le hizo maniobrar como el guerrero que era, deslizando sus manos maestras hacia las empuñaduras y sus dedos acariciando los gatillos.


Espero paciente, con gesto serio, sentado sobre el ataúd, hasta que los primeros rayos de luz irrumpieron en su oscuridad. Poco después los extraños lograron llegar hasta el.
Hubieran sido presas fáciles del fuego preciso de sus pistolas; pero cuando uno de los hombres, ataviado como un monje, pronuncio su nombre decidió darles el beneficio de la duda, aunque ardía en deseos de silenciar a los que le habían despertado de su largo sueño. Del sueño del que, jamás, hubiera querido despertar. Nunca más.

Aquellos personajes, ante la sorpresa de Vincent, comenzaron a saltar como locos. Abrazándose y llorando de alegría. Todos, menos el mas anciano, que observaba a Vincent sin apartar la vista de el, ni un instante. Una mirada de veneración, como el que encuentra Fe en un dios olvidado.

La voz de Vincent surgió profunda tras el largo silencio del sueño, parando en seco a los profanadores de su lugar de descanso.
Les pregunto… ¿Quienes eran y que hacían allí?
El anciano, ataviado con una tunica que le cubría de cabeza a pies se presento como Enar. Rogó a Vincent que les perdonara por haberle despertado de su sueño. Pero necesitaban su ayuda. Conocían toda su historia, cada detalle, cada matiz. El mal se había cernido sobre su mundo, y necesitaban un ser especial como Vincent para instaurar de nuevo la paz.
El anciano le relato como todo lo que les rodeaba se había convertido en el pasto del pasado. Las guerras habían hecho escombros las ciudades y los pueblos, mientras el yacía en su ataúd. Mucho tiempo había pasado desde que Vincent, piso esa tierra por última vez, y escuchaba el relato del anciano, sin prestarle atención. Hasta que nombro unas palabras…Los hijos del Caos.
Según la historia del viejo monje, semillas del ente del Caos fueron esparcidas por este y otros mundos. Frutos de la investigación de Hojo, que habían permanecido ocultos como el, pero que terminaron aflorando. Corrompiendo el corazón de personas que ansiaban el poder, acabaron poseyéndolos y transformándoles en abominaciones. Los llamaron los hijos del Caos. Ocultos a la luz, poderosos, devastadores; que propagaron su extirpe como una llama prende en la paja seca.
Cazaban personas, succionaban su vitalidad y los transformaban en seres como ellos. El ente del Caos crecía y se hacia fuerte. Una fuerza bruta pero astuta canalizada para dominar los mundos.
Pero todo ese poder carecía de control. Aquellos seres, incluso los más antiguos y devastadores solo habían sido formados con el ente del Caos; La protomateria, que controlaba el Caos en Vincent, jamás fue adherida a las creaciones.
Es ahí donde, con esperanza, entre viejas historias y manuscritos lograron dar con Vincent. Oculto por cientos de años e inalcanzable al mal. Un héroe que podría salvar los mundos y triunfar con la luz sobre el Caos; con la protomateria frente a la oscuridad.

Vincent escucho y comprendió, pero, el ya no pertenecía a ese mundo. Ese ya no era el lugar que conoció.
¿Que cambiaria si se embarcaba en esa guerra?

El anciano le mostró una foto. Un altar de cristal. Y dentro de el, dormida, descansaba eterna, Lucrecia Crescent. El anciano sonrío al ver la cara de estupor de Vincent y le sentencio…”Si vences a las fuerzas del Caos, tal vez puedas volver a verla; liberarla de su sueño. Pues el cristal que la contiene cautiva, es el que irradia la esencia de la vida a los hijos del Caos”.

Vincent tomo la decisión. Partiría en ese mismo momento. Buscaría a esos seres en el calor del día y los destruiría en la frialdad de la noche. Llegaría hasta Lucrecia y tal vez podrían empezar de nuevo.

El anciano le ofreció una caja a Vincent. Contenía un tipo de munición que nunca había visto, aunque encajaba perfectamente en los cargadores de sus pistolas. Brillaban con la intensidad de una luna en la negrura de la noche. “Deberás buscar mas.” le dijo el anciano;”Cada luz mata a quien antes estuvo bajo ella. Busca las esferas que contienen la esencia de su luz en cada mundo y nútrete de ellas.”
Por ultimo le colgó una cadena de su cuello.”Muestra este signo en tu camino y encontraras amigos que te ayuden en tu búsqueda y tu caza. Todos o casi todos los que conociste, ya no están entre nosotros. Pero aun hay pueblos que buscamos el bien.”

Vincent despojo su cabeza de su cabellera negra y con añoranza cubrió sus ropas con su vieja capa. Al salir fuera, dos soles hirieron con su luz sus ojos, dejando poco a poco al descubierto un desierto de miseria hasta donde alcanzaba su vista.

El anciano y los muchachos que iban con el se acercaron a Vincent para despedirle.”Recuerda que antes de llegar al altar de cristal, y enfrentarte a la bestia mas poderosa que puedas imaginar, deveras poseer todas las esferas de luz…Solo con todas ellas lograras tu objetivo. Y ahora ve, Valantine…tu aventura comienza aquí…y tienes un largo camino que recorrer”

Vincent monto en uno de los vehículos que le ofrecieron, y sin decir adiós, se alejo hacia el Norte. Dejando un rastro de polvo tras el. Vagando en una dirección desconocida, con la esperanza de encontrar rastros de su antiguo mundo. Un sitio por el que comenzar. Desiertos, junglas, ciudades, mares o cielos…Encontraría el camino que le llevara hasta Lucrecia. En el altar de cristal, en el corazón de la oscuridad del Caos.
Sonrío con la fe en un nuevo día y un nuevo comienzo. Y acelerando llego a las ciénagas que rodeaban una antigua ciudad que recordaba. Un sitio donde empezar a luchar.

El resto es la aventura que todos soñamos encarnar. Y seguramente el bien, volvió a triunfar sobre el mal.
Tal vez hubiera sacrificios en el camino, pero una parte de mi quiere pensar, que Vincent volvió a abrazar a Lucrecia. Y que en algún lugar hoy siguen juntos.

FIN

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